lunes, 31 de octubre de 2011

Libro de la semana: La tumba de Lenin

  • La tumba de Lenin, David Remnick. Editorial Debate. Barcelona, 2011. 850 páginas.


El verdugo en jefe del KGB, mano derecha de Laurenti Beria, se llamaba Vasili Blojin. Le correspondió en marzo de 1940 organizar y dirigir personalmente el asesinato, ordenado por el Politburó del PCUS dirigido por Stalin, de varios miles de oficiales polacos prisioneros del Ejército soviético en Katyn, Kalinin y Starobelsk. Los asesinatos se hicieron uno por uno y la tarea se prolongó, en las horas nocturnas, durante un mes. Se conducía al prisionero a una cabaña con una habitación insonorizada. El mismo Blojin, previsoramente pertrechado con un delantal de carnicero y guantes hasta los codos, se encargó de pegar el tiro en la nuca a seis mil prisioneros, a razón de uno cada tres minutos, lo que le ha valido pasar a la historia como uno de los asesinos en serie más importante de la historia. Fue felicitado y condecorado por servicios especiales a la patria. Pero más tarde, cuando Jruschov desveló los crímenes de Stalin y se le retiraron las medallas, cayó en el alcoholismo y la demencia, y se suicidó en 1955.

Estos datos que el chófer de Blojin, ya anciano y ciego, contó ante una cámara a finales de los años ochenta, estos detalles dantescos, el delantal de cuero y los guantes de Blojin, no tienen sólo el atractivo magnético de lo monstruoso; son históricamente significantes, como nos recuerda David Remnick, el autor de esta copiosa y fascinante crónica periodística del colapso del imperio soviético; después de que Moscú reconociese la autoría de la matanza de Katyn, ya no era concebible, si alguien lo hubiera intentado, frenar el proceso democrático de Polonia. Y algo parecido pasaba en otras partes del imperio: en Asia central, cuando se revela que las repúblicas han sido reducidas a un monocultivo de algodón para vestir a toda la URSS, llevándose por delante el mar de Aral; en las repúblicas bálticas, al salir a la luz los protocolos secretos del pacto Molotov-Ribbentrop que las entregaba a Moscú; en Ucrania, la catástrofe de Chernóbil y la torpe y engañosa gestión de las autoridades en los días siguientes. Y por toda la extensión de la URSS, a rebufo de la glásnost y la perestroika, las continuas, sistemáticas, insoportables revelaciones del pasado siniestro, que desmoralizaban y dejaban atónitos a los seguidores del antiguo régimen y a los partidarios de una reforma más o menos epidérmica, e indignaban y galvanizaban a quienes querían que aquel desapareciese sin dejar rastro.

Remnick llegó a Moscú, como corresponsal de The Washington Post, en enero de 1998, y su primer objetivo fue intentar entrevistar a Kagánevich, el único miembro del Politburó que ordenó la matanza de Katyn que aún permanecía vivo; el relato de las numerosas y vanas llamadas al timbre de su puerta da una sugestiva nota atmosférica, una más entre tantas -personas encontradas, lugares significativos visitados, conversaciones sostenidas, viajes efectuados a los lugares más remotos del imperio- que contribuyen a dar a su crónica el tono febril de historia vivida, de testimonio personal característico de los grandes relatos periodísticos. Remnick permaneció en Moscú hasta finales de 1991. Esta crónica de aquellos cuatro años, con frecuentes excursos hacia el pasado, que le valió el Premio Pulitzer en 1994, se divide en cinco partes: la primera es un recuento de los primeros pasos de la perestroika desde que Gorbachov, a la muerte de Chernenko, es nombrado secretario general a propuesta nada menos que de Andréi Gromyko, y los primeros efectos del proyecto, desbordado por los acontecimientos, de renovar y adecentar el proyecto socialista; la segunda, 'Puntos de vista democráticos', describe el periodo, hasta finales de 1991, con los movimientos y reacciones reflejas de Gorbachov ante los desafíos cotidianos, la irrupción en la actividad política de nuevos agentes y fuerzas nacionalistas y anticomunistas, y una magnífica variedad de fenómenos interesantes, curiosos y a veces grotescos, desde el simbólico regreso de Sájarov a Moscú hasta la floración de curanderos e hipnotizadores estrambóticos en la televisión, o las campañas de los desprestigiados órganos del Estado para presentarse ante una luz más favorable; incluida, por ejemplo, la elección de "señorita KGB": la bella agente Katia Mayorova, que aparecía en la portada del Komsomolskaya Pravda colocándose el chaleco antibalas "con gesto seductor", según el artículo que decía, "con una suavidad exquisita, como si luciera un modelo de Pierre Cardin".

La tercera parte, 'Días de revolución', cuenta la toma del poder por procapitalistas radicales en la región de Moscú y la victoria del movimiento nacional en Lituania; la cuarta, 'Primero como tragedia, luego como farsa', cuenta al detalle el fracasado golpe de Estado fallido de agosto de 1991. Y en la quinta parte, los primeros pasos del catastrófico Gobierno de Borís Yeltsin, la ilegalización del partido comunista, el hundimiento de la economía, la diáspora de docenas de millones de rusos, la entrega de las riquezas del país a las mafias y a los oligarcas... Lástima que Remnick regresase de Moscú antes de 1993, y así nos haya dejado sin el relato del bombardeo del Parlamento por el Ejército, que es el episodio más traumático de la reciente historia rusa y que ilumina, cegadoramente, la era de Putin.

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martes, 25 de octubre de 2011

Libro de la semana: Cristianos

  • Cristianos. Jean Rollin. Libros del Asteroide. Barcelona, 2011.165 páginas.

Algunos se extrañan aún al saber que no todos los árabes son musulmanes, que los hay cristianos en Líbano, Siria, Palestina o Egipto. Pues sí, millones de árabes comparten lengua y cultura con sus compatriotas musulmanes, pero a la hora de rezar se dirigen a una cruz, son ortodoxos, maronitas, católicos, melquitas, nestorianos o coptos. ¿De dónde han salido? Fácil: sus ancestros habitaban Oriente Próximo antes de que, en el siglo VII, naciera el islam, eran los primeros seguidores de Jesús de Nazaret, los fieles de las primigenias, y muy divididas, iglesias orientales.En Cristianos, el periodista francés Jean Rollin habla de los de Tierra Santa. Y cuenta cómo, a la par que se consideran descendientes de los apóstoles, que, a fin de cuentas, eran de allí, se sienten identificados con la causa nacional palestina. Esto les sitúa entre el martillo del fundamentalismo musulmán y la pared de la ocupación militar israelí. La presión es tal que, desde hace lustros, el éxodo de los cristianos palestinos hacia Occidente es incesante.Cristianos es una crónica que, como todas las buenas, se lee como un libro de viajes. Sorteando los pesadillescos controles militares israelíes, Rollin visita iglesias, monasterios, cementerios, comercios, casas y restaurantes; charla con la gente y va contando sus historias. Como la de Alice-Mirza, administrativa en un hospital, a la que, a las cuatro de la madrugada, han despertado soldados israelíes que buscaban a su marido. Los soldados, relata Alice-Mirza, han irrumpido en la casa, la han registrado, han aterrorizado a los cuatro niños y no han dado con el marido, que pernoctaba en otro lugar. Al irse, le han dicho que si el marido no se entrega, lo matarán cuando lo vean. Así termina Rollin esta historia: "Como la mayoría, tal vez la totalidad, de los cristianos palestinos, Alice-Mirza tiene a una parte de su familia, la más numerosa, en el extranjero".Ya en las Cruzadas, los cristianos de Oriente, como contó Amin Maalouf, optaron por sus compatriotas musulmanes frente a los invasores europeos. Y en el siglo XX, muchos cristianos lideraron el nacionalismo árabe de corte laico y progresista. Con más razón en el caso palestino, donde su simpatía por la multiconfesional OLP de Arafat ha sido inquebrantable. Rollin cuenta, por ejemplo, la historia de William y Tania. William se implicó en la resistencia palestina, fue detenido y pasó dos años y medio entre rejas. Cuando salió, él, Tania y sus hijos se fueron de peregrinación a Lourdes.Así son los cristianos de Tierra Santa, los custodios de la basílica de la Natividad y del Santo Sepulcro: artesanos de la madera de olivo, médicos y maestros, embotelladores de agua del Jordán, ingenieros y mecánicos, productores de buen aceite... Gente que, pese al espíritu de resistencia que comparten con los maronitas de Líbano y los coptos de Egipto, está en peligro de extinción. ¿Sobrevivirán a la ocupación de Israel, al acoso de los islamistas, a la indiferencia de los demócratas occidentales? Quién sabe, tal vez sí. Lo cuenta de esta guisa el padre Raed, párroco de Taybeh: "Si yo tuviera que ser el último cristiano palestino, me casaría y empezaría de nuevo".
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miércoles, 19 de octubre de 2011

Columna Quimera: Los BRIC ante el fuego griego

Los peligros de una excesiva dependencia del endeudamiento han quedado al descubierto con la crisis financiera, los temores de que Grecia caiga en cese de pagos son cada vez más grandes y los mercados responden al nerviosismo que lo rodea. Según información del FMI, la deuda Griega era, hasta junio de este año, de 327 mil millones de euros, equivalente al 150% de su PIB, y las cifras al cierre del segundo trimestre se recrudecen aún más, el PIB se contrajo a un ritmo anual de 7.3% y el desempleo se sostuvo en 16%, evidenciando una profunda recesión.

El país está reduciendo el gasto público, elevando los impuestos y reduciendo los salarios; sin embargo, se ha rehuido al endurecimiento de estas medidas, por el elevado costo político que implican, porque son restrictivas y contribuyen a incrementar la recesión en la que vive ese país, lo que significa mantener un círculo vicioso que agudiza aún más el problema fiscal del déficit y de su deuda.

Parece no haber un mecanismo efectivo de aislamiento y contención del problema griego, por parte de la Unión Europea, que ayude a un ajuste más equilibrado entre gasto y precios. Grecia necesita abrir la posibilidad de una devaluación cambiaria abandonando la unión monetaria y restableciendo su antigua moneda: el dracma. Esto daría promoción a sus exportaciones y permitiría restablecer el crecimiento económico.


Los mercados financieros han aumentando la probabilidad de insolvencia del gobierno Griego (por arriba del 90%) y la necesidad de reestructurar su deuda; por lo pronto, el financiamiento para Grecia esta encareciéndose.

La gravedad del asunto es que el problema no se limita a las fronteras griegas, sino que tiene efectos importantes en el resto de Europa y del mundo. Los diferenciales de las deudas soberanas de países como Irlanda, Portugal, España e Italia (la tercera economía más grande de Europa) también han venido aumentando.

Ante el difícil panorama, entre las opciones que se han barajado para paliar actual crisis en Europa, está la participación de los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) en un rescate a la eurozona, esta posibilidad contempla que las economías que hasta hace algún tiempo eran consideradas por los organismos internacionales y países industrializados, como los problemáticos e indisciplinados del planeta, han mantenido un equilibrio en las finanzas públicas y poseen fortaleza en el mercado interno, lo que les provee de liquidez financiera.

Existe un cambio en la riqueza mundial, la crisis financiera global ha acelerado el traspaso del poder económico de las economías desarrolladas a las economías en desarrollo; según estimados del Banco Mundial los países emergentes promediarán un crecimiento anual de 4.7% entre 2011 y 2025, mientras que las economías desarrolladas lo harán a un ritmo de sólo 2.3%; en un estudio hecho por Consultores Internacionales, S.C., estima que en el corto plazo, el PIB de China seguirá creciendo alrededor de 9%, y el de India alcanzará una tasa de crecimiento de aproximadamente 7.5%. Europa y Estados unidos son grandes consumidores de productos que se elaboran en los países emergentes, los recursos financieros de países como el bloque de los BRIC pueden ser invertidos en Europa para ayudar a que sus clientes no se hundan. Pueden evitar que la eurozona se paralice, lo que a su vez impediría que sus propias economías se estanquen.

lunes, 17 de octubre de 2011

Libro de la Semana: Delirio


  • Delirio, David Grossman. Editorial Lumen. Barcelona, 2011. 230 páginas.

El amor no existe. O mejor dicho, la persona amada no existe. Existe eso que construimos a partir de un detalle físico, un tono de voz, un perfume, sobre todo a partir de un indistinto deseo. Un día nos sorprende no hallar a nuestro lado ese supuesto ser amado, y a partir de nuevos detalles volvemos a crear (aunque a veces somos incapaces de crear) un nuevo objeto del deseo. El amor es un acto de creación continuo.

Por lo general, el ser imaginado por nuestro deseo y el ser de carne y hueso mayormente coinciden. A veces, sin embargo, no, y el deseo inventa para satisfacerse personajes y argumentos irreales que desbordan de la pasión y se contaminan de pesadilla. Como punto de partida, basta un detalle, la boca, por ejemplo, "la boca en tensión, una boca que enseguida va a ser besada, que se relajará y se inflamará ardiente, porque unos labios se posarán sobre esos labios, al principio sólo rozándolos, apenas tocándolos, aunque después la lengua esbozará su contorno todo alrededor mientras estos se esforzarán en no sonreír porque enseguida se oirá un gemido" que se convertirá, para el protagonista de Delirio, en un eco oído en el tiempo, ese tiempo que "es como la celda circular de una cárcel". Para el amante, los límites de lo que deseamos y de lo que tememos coinciden, porque la agonía amorosa supone la imaginación del infortunio (del desamor, la indiferencia, la infidelidad) sin requerir más pruebas que un quizás. "El amor es fuerte como la muerte, implacables como el infierno los celos", explica el autor del Cantar de los cantares, citado por David Grossman en el epílogo a su novela.

Grossman es uno de los más grandes novelistas de nuestra época, capaz de convertir en universal historias mínimas y de dar vigencia local a grandes temas ancestrales. La que es quizás la más famosa de sus novelas, Véase: amor (1992) podría servir de título a casi toda su obra, porque, según Grossman, es sólo a través de la concepción amorosa, a través de un esfuerzo de apasionada creación imaginativa, que podemos saber quiénes somos, dando cuerpo y alma a quienes nos rodean, a quienes amamos y odiamos, identificándolos, interpelándolos, armándolos a partir de piezas sueltas, dando vida a una realidad cierta o falsa.

El tema de Delirio son los celos, es decir, el infierno, es decir, la construcción del sufrimiento, es decir, la creación literaria. Cuando Shaul, el marido apasionado, se interroga sobre las acciones de su mujer, Elisheva, que dice ausentarse todas las tardes para (según dice ella) ir a nadar, e imagina que el pelo mojado con el que regresa, y las palabras cariñosas no son sino mentiras para ocultar su traición con otro hombre, Shaul usurpa la prerrogativa del autor, la de inventar historias que resulten más verdaderas que la verdad. Para esos encuentros imaginados (y que para él son ya fehacientes), Shaul crea detalles escabrosos y ardientes, sutilezas psicológicas, itinerarios audaces y posibles. Preso en su propio relato, Shaul comprueba, como todo autor de ficción talentoso, que la realidad le ofrece pruebas para su delirio: aparentes coincidencias, presagios, indiscreciones. El "quizás" inicial se desvanece: los temores y dudas se convierten en certezas. El infierno es ahora real.

La ciencia define un fenómeno de contagio psíquico que llama folie à deux: la locura de Shaul alcanza y encierra a su cuñada, la abúlica Esti, mujer de su hermano Mija, quien acepta conducirlo a desenmascarar a los supuestos infieles. "Cuéntamelo todo, Shaul", le dice, y desde el asiento trasero del automóvil que ella conduce, Shaul, sufriendo de una pierna misteriosamente maltrecha, elabora para su cuñada una suerte de crónica de la infidelidad supuesta, que Esti va alimentando con sus preguntas como una niña ávida de conocer los nuevos episodios de un cuento de hadas, de llegar al final que, esta vez, no debe ser feliz. Ese final nunca llega: la historia se interrumpe antes de que Shaul y Esti encuentren a los anunciados adúlteros. Como en la ficción literaria, en la ficción amorosa la resolución no importa. Existe mientras se está creando, para luego recrearse infinitamente en el recuerdo.

"Los celos", concluye Grossman, "nos llevan a crear, con todo el poder de nuestra imaginación y de nuestro deseo, un paraíso del que nosotros mismos nos vamos a desterrar". Habiendo imaginado ese paraíso amoroso, y sabiendo que no lo merecemos, hemos imaginado un infierno para poder decir que, aunque no para nosotros, el amor sí existe.


lunes, 10 de octubre de 2011

Entrevista a Randall Way: el fin del capitalismo de gestión

Por Randall Wray (*)

La burbuja de los precios de las materias primas, su origen y sus consecuencias. El Dr. Randall Wray, respetado economista de la Universidad de Missouri, Kansas City, fue comisionado por el Congreso en 2008 para hacer un seguimiento de los mercados de materias primas cuando los precios batían récords a comienzos del verano, para desplomarse en julio. Ahora ha hablado con nosotros en Bezinga Radio planteando muchas hipótesis interesantes sobre la dinámica de evolución de los mercados de materias primas y el significado estadístico del cambio de los precios a que estamos asistiendo estos últimos años.

¿Qué despertó su interés por “el asunto de las materias primas” desde una perspectiva estadística?

Bueno, ni que decir tiene que puede haber una escasez de oferta de cualquier materia prima o de cualquier mercancía. Eso ocurre. Frente a una demanda creciente, el precio puede subir de modo muy significativo, y eso causa un uso más conservador de la misma, la substitución por otra materia prima, lo que induce a quienes la ofrecen a ofrecer más. De modo que alguna variabilidad en el precio de las materias primas no es una cosa infrecuente. Hay 33 materias primas básicas e índices que incluyen a las 25 más importantes, y si usted mira el conjunto de ellas, lo raro es que en todas ellas se estén disparando los precios al mismo tiempo.

A primera vista, eso resulta harto improbable. ¿Por qué deberíamos tener escasez de oferta en todo el abanico de materias primas y una demanda disparada de todas y cada una de ellas? Eso te fuerza a mirar con más cuidado, y a comparar los aumentos de precios de cada una de las materias primas con, digamos, la experiencia del siglo pasado en cada una de ellas. Y con lo que te encuentras es con que, tomadas una a una, los aumentos de precio son extremadamente improbables. En el caso de la mena de hierro, la probabilidad es de uno cada dos millones de años.

Entonces, cuando consideras la cesta entera de materias primas, y piensas en la probabilidad de cada una y multiplicas los factores, lo que está ocurriendo es algo simple y llanamente imposible.

¿Tenemos, pues, que llamar a eso “burbuja”?

Es algo sin ejemplo histórico: el simultáneo aumento de precio de tantas materias primas, todas a la vez. Eso te hace sospechar que algo de fondo está pasando. Entonces, si miras, digamos, al modo en que han cambiado los mercados financieros, al modo en que han cambiado las leyes que permiten a los [jugadores] financieros entrar en las materias primas, te encuentras con que hay una correlación extremadamente estricta en los ritmos: cuando los mercados financieros fueron liberalizados, pudieron empezar a especular con materias primas.

Lo constatas con el flujo de fondos hacia los mercados de materias primas, y lo que ves es que la correlación es del 100%. Cuadra de modo absolutamente perfecto con los flujos del sector financiero a las materias primas. Así empezó este boom de precios completamente histórico, y siguió hasta otoño de 2008. Y luego, los flujos empezaron de nuevo. Aquí están otra vez, y lo que tenemos es otro boom de los precios de las materias primas.

¿Cómo empezó todo esto?

Todos recordamos que tuvimos la burbuja de alta tecnología, seguida de su colapso. Los gestores del dinero comenzaron a buscar una clase de activos que no estuviera altamente correlacionada con los precios de las acciones en los mercados de valores. No quieres “poner todos los huevos en la misma cesta”, en las bolsas, o en cosas correlacionadas con el mercado de valores. Quieres diversificar y poner dinero en algo que no esté correlacionado con los valores de las bolsas. Los CFTC [reguladores de mercados de futuros de materias primas, por sus siglas en inglés] y la propia industria hicieron estudios empíricos que mostraban que hasta ese momento no había correlación entre los precios de las materias primas y los de los mercados de valores. Recorrieron todo el país y dijeron a los gestores de dinero –la gente que gestiona los fondos de pensiones—: “¡Eh, oigan!. Miren lo que hemos constatado: los precios de las materias primas no están correlacionados con el mercado de valores. Tienen ustedes que diversificar”.

Entonces, el Congreso, en su infinita sabiduría, desreguló los fondos de pensiones. Hicieron leyes de modo tal, que prácticamente forzaba a los gestores de los fondos de pensiones a diversificar invirtiendo en materias primas. Los fondos de pensiones empezaron a fluir a comienzos de la década de 2000 hacia las materias primas. Eso empezó a llamarme la atención a mediados de la década. Comencé a observar, y empiezas a ver esa extraña cosa que son los participantes en los mercados financiaron comprando, o alquilando, silos de grano para almacenar el trigo que habían estado comprando. Estaban diversificando con las cosas físicas. El problema es que eso cuesta dinero para almacenar las materias primas físicas. Los costes de almacén llegaron un pico sin parangón, así que tuvieron que pensárselo. ¿Cómo podían comprar materias primas sin almacenarlas? Bueno, eso lo haces en los mercados de futuros.

Esto es lo que los fondos de pensiones decidieron entonces: “Vamos a diversificar, tal como se supone que debemos hacer, con las materias primas. Vamos a comprar piezas de papel, en vez de materias primas Lo que haremos será asignar, digamos, un 5% del total de nuestros activos a las materias primas”. Todo esto suena bien, pero debería recordarse que los fondos de pensiones son enormes. Los fondos de pensiones tienen activos equivalentes al 75% del PIB. De modo que, aun tratándose sólo del 5% del total de sus activos, se trata de cantidades ciclópeas de dinero, y además, puedes llegar a hacer apuestas en dólares cinco veces mayores que las existencias reales de una materia prima física. En la medida en que los fondos de pensiones están asignando continuamente cada vez más dinero a las materias primas, presionan al alza su precio. Es una profecía que se cumple a sí misma, porque los flujos financieros empujan los precios al alza.

El principal contraargumento que se objeta a esta explicación es que los mercados emergentes están generando una demanda extraordinaria de estos activos duros a medida que crecen sus economías.

Hice observaciones detalladas de eso en 2008, porque la de las presiones de la demanda era la explicación favorita de casi todos los economistas. Los asistentes de un Senador me buscaron para decirme que no podían encontrar un solo economista que no contara esta historia de la oferta y la demanda. Y aún es así.

Les dije que lo miraría. El problema era que esa historia no cuadraba con la verdad. En aquel momento, el petróleo había llegado a los 150 dólares por barril. Observé el uso real del petróleo: había descendido, porque nuestra economía estaba ya cayendo en otoño de 2008. Simplemente, no era verdad. Es verdad que la demanda china había aumentado, pero la demanda estadounidense había estado cayendo, lo que anulaba los efectos de la demanda china. No había habido aumento en el consumo de petróleo, mientras que los precios se habían prácticamente triplicado.

Hubo una investigación en el Congreso. Escribí un informe, un tipo llamado Mike Masters testificaba en el Congreso. Era un experto en el mercado de materias primas que estaba diciendo: “Simplemente, no es verdad. No es la oferta y la demanda. Es el flujo de los fondos de pensiones y otros hacia los contratos de futuros lo que está disparando el precio”.

Lo divertido es que, tras esos informes y esos testimonios en el Congreso, ¿qué pasó con el precio del petróleo? Pues que cayó unos 27• –por debajo de los 50 dólares el barril— inmediatamente. Si vuelves a mirar los flujos financieros, la correlación es perfecta. Los fondos de pensiones sacaron 1/3 de su dinero de las materias primas, porque temían que [los congresistas] Lieberman y Stupack fueran a impulsar leyes en el Congreso para limitar las posibilidades de compra de materias primas por parte de los fondos de pensiones. También estaban preocupados por la pérdida de imagen entre sus propios clientes si se descubría que los fondos de pensiones disparaban el precio de la gasolina en la estación de servicio. Así que sacaron dinero.

Claro que entonces teníamos otros problemas económicos de los que preocuparnos. El Congreso pasó a ocuparse de otras cosas, no se aprobaron leyes limitadoras de la especulación con las materias primas. Estallaron los mercados de bienes raíces, y los fondos de pensiones no tenían donde colocar sus dineros, salvo en las materias primas y en los mercados de valores, de modo que volvieron a empezar a invertir dinero, y los precios volvieron a subir.

¿Y el contraargumento que culpa a la Reserva Federal y a su política de dinero fácil?

Sí, está este argumento, ya sabe, del “helicóptero de Ben [Bernanke] arrojando todo el dinero efectivo posible en la economía. Tendremos hiperinflación tarde o temprano, y sabemos que las materias primas son una buena cobertura contra la inflación”. Esto es falso. Las materias primas son una pésima cobertura contra la inflación: mire, si no, el precio del oro. Incluso con ese tremendo boom especulativo del precio del oro, en términos de inflación ajustada, su precio sigue estando por debajo del de 1980.

¿Y cuando esta burbuja estalle, será otra catástrofe?

Supongamos que un fondo de pensiones tiene un 5% de sus activos en materias primas. Supongamos que el precio de las materias primas cae un 50%. Resultan poco perjudicados por eso, pero no es una catástrofe. ¿Cómo podría llevar eso a una catástrofe financiera? Además, a los consumidores les va mejor cuando los precios de las materias primas caen. A fin de cuentas, experimentamos cierto alivio cuando vamos a la gasolinera, etc.

¿No sería estupendo?

Aquí está el problema. Hay muchas vías por las que eso podría afectar a la economía. Primero, sí señor, los fondos de pensiones sufren un golpe. Segundo, otros tipos de instituciones financieras que están en los mercados de materias primas, en la medida en que eso golpea a los bancos (bueno, los bancos ya se han visto golpeados por todo tipo de cuitas). A todo lo largo del espectro de activos, están en problemas. Probablemente son insolventes. Y eso no haría sino agravar sus problemas. Tercero, daña a los productores. En 2008, cuando colapsaron los precios de las materias primas, los granjeros estadounidenses sufrieron grandes daños Ya están sufriendo ahora. Así que aumentarán su dificultades. No podrán devolver sus deudas. Eso perjudicará a sus bancos, etc.

Cuarto: sabemos que hay un elevado apalancamiento y acodamiento en todo el sector financiero, de modo que una institución financiera debe a otra institución financiera. Si nos remontamos a los años 80 del siglo pasado, alguno recordará que los hermanos Hunt habían arrinconado el mercado de la plata. Se creían realmente brillantes. Tomaban dinero a préstamo para comprar plata, y se figuraban que, una vez hubieran arrinconado el mercado, tendrían el control total de la plata y podrían fijar el precio de la misma a su antojo.

Tuvieron exigencias de colateral que tenían que honrar. Para hacerlo, tuvieron que vender algunos activos. Vendieron plata, pero también vendieron otros activos. Resulta que los hermanos Hunt era ganaderos. Comenzaron vendiendo ganado. El precio del ganado colapsó. Ahora, nadie podía pensar que plata y ganado están altamente correlacionados, pero lo cierto es que lo están. Lo mismo va a ocurrir. Cualquiera que tenga materias primas va a vender materias primas, y cuando eso no baste para cubrir sus empréstitos, tendrán que empezar a vender otras cosas. Debido a los vínculos existentes, hay correlaciones muy extrañas. Otros mercados van a verse dañados también, a medida que caigan los precios de la materias primas, y la gente se verá obligada a vender materias primas, primero, y luego otros activos.

Díganos algo sobre el “capitalismo de los gestores de dinero”, una locución de la que se ha servido usted para hablar de todo esto.

El problema es que hay mucho dinero, demasiado, para tan pocos activos buenos. El monto total de las apuestas financieras en el mundo rebasa los 600 billones de dólares. No hay inversiones suficientemente buenas a la vista para absorber tal volumen de dinero. Lo que ocurre entonces es que van hinchando activos, uno tras otro. E inevitablemente, se desploman.

La única razón por la que salimos del desplome de 2008 es Washington: porque Washington rescató al sector financiero por un monto rayano en los 39 billones de dólares. La legislación Dodd-Frank hace muy difícil repetir esa proeza. No estoy diciendo que no encentre la forma de sortear las leyes, o que no encuentran la forma de volver a hacerlo. Podría ser, pero sería políticamente muy impopular. No estoy nada seguro de que sea capaces de volver a hacerlo.

Una vez que los precios comienzan a caer, todos los mercados de activos se conectan realmente. Aun si eso no resulta obvio, es realmente así. Los precios se desplomarán en todos esos mercados. Y no está nada claro que seamos capaz de frenar esto de nuevo otra vez. O al menos, no tan fácilmente como la última vez.

(*) Es uno de los analistas económicos más respetados de Estados Unidos. Colabora con el proyecto newdeal 2.0 y escribe regularmente en New Economic Perspectives. Profesor de economía en la University of Missouri-Kansas City e investigador en el “Center for Full Employment and Price Stability”. Ha sido presidente de la Association for Institutionalist Thought (AFIT) y ha formado parte del comité de dirección de la Association for Evolutionary Economics (AFEE). Randall Wray ha trabajado durante mucho tiempo en el análisis de problemas de política monetaria, macroeconomía y políticas de pleno empleo. Es autor de Understanding Modern Money: The Key to Full Employment and Price Stability (Elgar, 1998) y Money and Credit in Capitalist Economies (Elgar 1990).
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Libro de la Semana: Querido líder: vivir en Corea del Norte.

  • Querido Líder. Vivir en Corea del Norte. Barbara Demick. Turner. Madrid, 2011. 382 páginas
La megalomanía que afecta a la mayoría de los tiranos del mundo se ha trasladado a los medios de comunicación. Sabemos todo acerca de Kim Jong-il, el penúltimo de los dictadores comunistas: su obsesión por un programa nuclear en el que ha invertido los escasos recursos del país, su afición por el coñac, su fobia a viajar en avión, su gusto por las mujeres, el cine y las gafas excesivas. En cambio, como el llamado "reino ermitaño" es desde hace más de sesenta años uno de los regímenes más herméticos del planeta y tiene vetado el acceso a la prensa, no sabemos nada de sus súbditos, mejor dicho, de sus víctimas. Por ejemplo, que el derecho de pernada y el secuestro de bellas jóvenes norcoreanas para satisfacer los apetitos del excéntrico tirano de Pyongyang o Querido Líder es una costumbre habitual y heredada, como el cargo, de su padre Kim-il Sung, el Gran Líder. Esas revelaciones y otras semejantes, pero sobre todo saber qué siente y piensa el pueblo norcoreano, el gran enigma desde la división de la península coreana en 1948, es lo que consigue Barbara Demick, corresponsal de Los Angeles Times en Seúl y ahora destinada en Pekín, en Querido Líder. Vivir en Corea del Norte, su primer libro traducido al castellano, con el que ganó el Premio Samuel Johnson de la BBC. Y como en el llamado "paraíso en la tierra" no existe la libertad de expresión ni la capacidad crítica, Demick recurre a los testimonios de unos cien exiliados en Corea del Sur, aunque luego destila seis historias ordinarias que, queda claro desde la primera línea, son todo menos corrientes. Los protagonistas son oriundos de la ciudad de Chongking, la tercera en importancia y antiguo bastión industrial, que la autora considera más representativa que el decorado de cartón/piedra de la capital, Pyongyang, destinado a ocultar la verdad de un Estado en el que sus habitantes ganan menos de un dólar mensual y en el que pasar hambre es un "deber patriótico" (la hambruna de los noventa se cobró más de un millón de vidas). La historia más emotiva es la de dos jóvenes enamorados que, en medio de una realidad paranoica digna de Orwell, no se atreven a confesarse que quieren huir, una especie de Romeo y Julieta asiáticos porque pertenecen a dos castas diferentes. Ella, Mi- Ran, al estrato social más bajo (los beuhun: sangre contaminada por los pecados de los padres que se heredan) y él, Jung Sang, a la casta privilegiada. Ambos consiguen escapar y se reencuentran años después en Corea del Sur, pero nada es lo mismo. Ella, casada con un surcoreano, no sabe la suerte que han corrido sus dos hermanas, que podrían estar muertas o en uno de los muchos gulags existentes; mientras él, educado en una universidad de élite, se encuentra como miles de refugiados fuera de lugar en Seúl y cree que nunca volverá a ver a sus padres. Su historia representa el drama oculto de millones de personas en un país en el que los niños cantan en la escuela: "No tenemos nada que envidiar al mundo" (de ahí el título original en inglés, Nothing to envy) y nos revela más sobre la realidad que cualquier análisis sesudo sobre el programa nuclear norcoreano.
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lunes, 3 de octubre de 2011

Libro de la Semana: El triunfo de las ciudades

  • El triunfo de las ciudades. Cómo nuestra gran creación nos hace más ricos, más listos, más sostenibles, más sanos y más felices. Edward Glaeser. Traducción de F. Corriente Basús. Taurus. Madrid, 2011. 494 páginas.

No acabamos de decidirnos a favor ni en contra de la vida urbana. Desde el mismo momento de la invención de la ciudad sus moradores las han venerado, sin que faltaran quienes las aborrecían. Las maldiciones bíblicas contra Babilonia, la Gran Ramera, no son precisamente de ayer mismo. Poseemos una extraordinaria literatura sobre las ciudades, nunca libre del todo de esta inclinación a la desmesurada admiración o a la más abierta condena.

Fray Antonio de Guevara sabía bastante de esto cuando en 1539 dio a la imprenta su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, sin decidirse demasiado ni por la una ni por la otra. En su siglo, el señor alcalde de Burdeos, Michel de Montaigne, amigo grande de la vida rural, nunca se distanció de la capital gascona ni dejó de sentir por París cariño y lealtad política. Las cosas se irían agriando, sin embargo, a medida que la ciudad se convertía en un pozo de vicios, o de tumulto revolucionario, como lo vio Thomas Hobbes en su poco leído Behemoth, nombre de un monstruo bíblico, dedicado a un Londres levantisco. (Aunque el otro monstruo, el Leviatán, ya abarcaba según él a toda la sociedad humana, campesinos inclusos). Para los buenos puritanos, la única ciudad buena era la Jerusalén prometida: las otras sólo acopiaban vicios. Tanta maldición culminaría con la idealización del campo y de la vida rural propia del mayor error romántico. A menudo se esconde bajo el llamado "descubrimiento de la naturaleza" desencadenado por el arte y en la filosofía por las ensoñaciones de Rousseau. A los románticos, tan amigos del desafuero, no se les ocurriría otra cosa que condenar las ciudades, sobre todo a medida que avanzaba el mundo industrial y el humo, el hollín y la miseria proletaria las invadía. Friedrich Engels pergeñó el clásico de la urbanofobia en su inmortal ensayo sobre Manchester, de 1844. Los bolcheviques, que no en vano hicieron la revolución con sus ideas, pensaron que en el mundo del comunismo del futuro deberían desaparecer las ciudades -por mor de eliminar la "contradicción entre la ciudad y el campo"- y ello explica que los primeros urbanistas soviéticos propusieran la desurbanización sistemática. No era idea descabellada: la Ciudad Lineal madrileña o las New Towns inglesas son hoy ecos de un esfuerzo parejo. Como los son hoy no pocos suburbios ajardinados, dependientes del automóvil, en incontables ciudades americanas, pero también europeas.
La ciencia social no ha sido nunca ajena a estas preocupaciones urbanas. A ella debemos algunas de las mejores reflexiones y propuestas. El ensayo de Fustel de Coulanges sobre la ciudad antigua, de 1864, una de las mayores reflexiones sobre la naturaleza de la ciudad, podría ser leído con provecho por más de un arquitecto o urbanista atolondrado, y no digamos La Metrópolis y la vida del espíritu de Georg Simmel, de 1903, o los escritos sobre la ciudad de Max Weber, junto a La ciudad en la historia, de 1961, posiblemente el mejor tratado sobre el asunto, que valió a su autor, Lewis Mumford, hombre de letras, la pertenencia a las asociaciones de arquitectos más selectas e incluso a los grandes premios de su arte.
Junto a esos clásicos sigue habiendo buenas razones para recomendar a nuestros planificadores un conocimiento somero de lo que aportó la Escuela de Chicago a la sociología urbana. De una crítica a aquel esfuerzo, fruto del progresismo norteamericano anterior a la II Guerra Mundial, se ha alimentado buena parte del pensamiento urbano posterior, con resultados desiguales. La lucha contra el peligro de la formación de guetos, la excesiva segregación por clases sociales o razas, los procesos de degeneración de barriadas enteras y la aparición de reductos para ricos en la ciudad capitalista moderna han encontrado mucha munición vía Chicago. (Algunos han querido criticar la célebre escuela aduciendo que olvida los "movimientos sociales urbanos", que es lo que presuntamente importa. Como si hubiera en el mundo moderno movimientos que no lo fueran. Cierto es, la guerrilla montaraz tuvo su momento -en Cuba por ejemplo- pero hoy, en todo el mundo musulmán, toda revuelta es urbana, por definición. Y los indignados, hoy también, han ocupado los núcleos emblemáticos de las ciudades españolas).
La lucha contra los males endémicos de la ciudad ha marcado por mucho tiempo una tendencia esencial en el mundo del urbanismo. Muchos pensaron que la solución era la intervención en la ordenación del territorio urbano, y así conseguían que actuaran las autoridades. Hoy la regulación, la zonificación, la calificación y recalificación están por doquier a la orden del día. Cuando aciertan, el resultado puede ser beneficioso para los moradores. Cuando no, los daños son difíciles de calcular. Las tendencias sociales -migraciones, huida de las ciudades de los grupos más dinámicos, la formación de núcleos favorables a la delincuencia- pueden ser bastante catastróficas.
Los fracasos han sido aleccionadores. Así, no hace mucho que los urbanistas han redescubierto las virtudes de la ciudad densa y castiza, la que otrora se quería ruralizar, esponjar, o dotar de grandes espacios, con avenidas imponentes, plazas más o menos "duras", parques inmensos, y vivienda asequible en grandes bloques de pisos rodeados de verdura. Esa idea ha gozado de buen predicamento entre arquitectos de la Europa meridional que han redescubierto los encantos y la calidad de vida de la ciudad mediterránea, de la "ciudad compacta". Ahora resulta que ni Génova, ni Atenas, ni Valencia están tan mal. Y ahora con El triunfo de la ciudad, del urbanólogo norteamericano Edward Glaeser, profesor de economía en Harvard, este redescubrimiento encuentra una curiosa síntesis, que quiere solucionar los problemas que plantea el exceso de planificación cuando derrota las tendencias espontáneas de la población, sin por ello caer (del todo) en una suerte de neoanarquismo urbano.
Su bestia negra son las políticas públicas urbanas que van contra aquellas corrientes más o menos inexorables. ¿Por qué salvar Detroit o Liverpool de su decadencia? ¿Por qué inyectar dinero y recursos contra lo inexorable? Cuando el huracán Katrina destruyó Nueva Orleans, ¿qué sentido tenía reconstruirla tal cual, gastando billones de dólares? ¿No era mejor subvencionar a las víctimas, generosamente, para que se marcharan a donde les pluguiera? Seguramente irían a engrosar otras ciudades, a dinamizarlas con savia nueva, piensa Glaeser.
Las ciudades, con sus centros urbanos -plagados de rascacielos en Toronto, México, Nueva York, Buenos Aires, Chicago- algo caóticos, vibrantes, intensos son la solución, y no el problema. Engendran calidad de vida de incontables ciudadanos. Las calles y barrios circundantes, también. ¿Por qué dispersar, suburbanizar? ¿Por qué no atraer talento, o promover políticas públicas para incrementar su vitalidad? La más importante -y en esto la faz progresista y claramente distanciada de todo anarquismo aparece en los argumentos de Glaeser- es la educación, las escuelas. Unas buenas escuelas primarias y secundarias en los centros urbanos atraen a clases profesionales jóvenes que buscan, ante todo, una escolarización decente para sus hijos. A su vez, el flujo de las clases medias profesionales y ambiciosas a la ciudad revitaliza los barrios en que se instalan y mejoran el transporte público, que es el que importa.
Este canto a la ciudad como tal -el título es el de El triunfo de la ciudad, no "de las ciudades" como reza el de la versión castellana- insiste en la importancia de potenciar la vida de sus gentes, no la de la ciudad misma. "Ayudemos a los pobres, no a las ciudades pobres", reza una de sus frecuentes expresiones de lapidaria sencillez. El encanto de este docto y a la vez ágil tratado de urbanismo es que también lo es de urbanidad. Vinculado por un lado con la actitud tradicional de la izquierda -y contra las fuerzas del egoísmo que no quieren para su barrio servicios molestos que es menester instalar en algún lugar- se mantiene fascinado por la tendencia de las gentes a hacer su vida y montar su hogar como les place y donde les place. Tal vez no haya resuelto esta imposible y vieja contradicción. Pero es imposible salir indiferente, ni llenos de estímulos, de una reivindicación tan feliz del modo urbano de convivir.

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