- Los trovadores. Historia literaria y textos. Martín de Riquer, Prólogo de Pere Gimferrer. Ariel. Barcelona, 2011. 1.749 páginas



A través de este amplio recorrido histórico, la tesis principal de Granés Maya es la confrontación entre el éxito de la agitación cultural vanguardista frente al fracaso de las revoluciones políticas, lo cual supone algo así como volver sobre una dicotomía clásica, la de la comparación e interdependencia entre vanguardia artística y política, pero, en este caso, invirtiendo el punto de vista tradicional al respecto. Dividido en dos grandes partes, lacónicamente tituladas 'Primer Tiempo' y 'Segundo Tiempo' -la primera de las cuales recoge el relato completo del impulso de la vanguardia hasta el triunfo del Pop como preámbulo a nuestro posmoderno momento actual, y la segunda, centrada precisamente en este último-, el ensayo de Granés Maya se remata con un epílogo melancólico, en el que augura un pronto final patético al vanguardismo épico por el agotamiento de su sentido histórico. Aunque, como espero que se comprenda, estoy simplificando en extremo la tesis de este brillante ensayo y hurtando su rica argumentación, lo que se colige al final es que su autor considera ya definitivamente obsoleta por consunción esta estrategia de la innovación cultural vanguardista, en la medida en que, en efecto, por así decirlo, ha triunfado operativamente, y para la "modernizada" sociedad actual la ansiosa voluntad de ruptura ha perdido el aura que hasta hace poco la legitimaba, convirtiéndose en un vacuo gesto retórico, tan previsible como aburrido.
En cierto sentido, se puede afirmar que la crónica histórica de este convulsivo y apasionante proceso termina por donde empezó: en el nihilismo. No en balde Granés Maya usa como referencias básicas iniciales a Max Stirner, autor de El único y su propiedad, un vitriólico panfleto anarquista donde el egotismo se eleva hasta su enésima potencia solipsista, y a Friedrich Nietzsche, cuyo pensamiento arrasó todos los principios y valores de la filosofía occidental. ¿Hasta qué punto estos dos pensadores, Stirner y Nietzsche, no hicieron sino poner al rojo vivo la contradicción existente entre el ideal de emancipación del sujeto moderno -el de la libertad- y el ideal de su planificación social operativa -el de la igualdad-, o, si se quiere, que ambos fueron los aguafiestas de la ilusión de la modernidad en sí misma? Como se ve, en cualquier caso, el asunto es todo menos simple, si bien Granés Maya tampoco se pierde por demasiados vericuetos abstrusos, sino que se ciñe a levantar el mapa de esa batalla de la modernización cultural rampante del siglo XX, que recogió el legado progresista del siglo anterior y lo convirtió en una máquina para el descuartizamiento de formas artísticas tradicionales y en una fábrica de experiencias existenciales y de experimentos de toda índole.
Iniciando su crónica del vanguardismo militante por el antipasadista Marinetti, adecuado preámbulo para luego deambular por los puntos álgidos de la destrucción de las vanguardias históricas, como el dadaísmo y el surrealismo, uno de los aciertos, a mi juicio, más rotundos del recorrido histórico llevado a cabo por Granés Maya es, por un lado, la atención que presta a lo ocurrido en la vanguardia cultural entre 1930 y 1970, sin desdeñar meterse de lleno en todos los fenómenos "contraculturales" habidos en este feraz y explosivo periodo alargado, y, por otro, todavía más, dar la importancia adecuada a lo que supuso entonces y desde entonces a las plataformas ideológicas y operativas del llamado "Tercer Mundo", a propósito o a costa del cual se alimentó la dinámica revolucionaria de la vanguardia cultural y política del último tramo del siglo XX, por lo menos hasta la simbólica caída del muro de Berlín y el "fin de la Historia" que alumbra u oscurece nuestra situación actual. En este segmento, me parece particularmente esclarecedora toda la parte que Granés Maya dedica a la génesis y el desarrollo de la Internacional Situacionista y a los ideales revolucionarios fraguados en la hirviente caldera latinoamericana con el mito de la revolución cubana a la cabeza.
En fin, es casi imposible sintetizar toda la urdimbre de acontecimientos con que Granés Maya traza su gran relato sobre el revolucionario cambio cultural vivido en nuestra época, cuyo "puño invisible" ha golpeado nuestra identidad hasta el aturdimiento. Se trata, en todo caso, de un relato que admirablemente se sostiene en pie aun en el filo de la navaja o en la cuerda floja de un momento histórico como el del presente, el cual se ha autodefinido como el de la "crisis de los grandes relatos". Si ha podido lograr salir victorioso en el empeño es quizás porque Granés Maya ha optado por asumir el punto de vista de las historias en vez del de la Historia, el del seguimiento de la diseminación en vez del restablecimiento de un orden central normativo, lo sinuoso en vez de lo cursivo. Por lo que si la aventura vanguardista termina donde empezó, no puede decirse que esta deambulación histórica haya sido sólo una "crónica de una muerte anunciada" o, si se quiere, no, al menos, una muerte de la conciencia crítica, ese despertador de las ilusiones.
Los historiadores económicos son muy parcos a la hora de emplear la palabra revolución en sus monografías. En el libro de Rifkin, en cambio, se hace referencia a tres revoluciones industriales ya en los primeros párrafos. La primera basada en el carbón mineral y el vapor, la segunda en el petróleo, el gas natural y el motor de explosión interna y la tercera en una energía renovable.
El texto, bien escrito, deja constancia tanto de que su autor es un viajero, conferenciante y animador social empedernido, como de que se ha reunido con la crème de la crème europea como "Romano" o "Angela" y con empresarios y ejecutivos de grandes empresas. El libro describe la posibilidad de llevar a cabo la Tercera Revolución Industrial sustentada en los siguientes cinco pilares: 1. Efectuar el cambio de un régimen energético de combustibles fósiles basados en el carbono por un régimen de energías renovables. 2. Reconfigurar el parque mundial de edificios para transformar cada inmueble en una minicentral eléctrica capaz de captar in situ energías renovables. 3. Instalar tecnología de almacenaje de energía renovable en todos los edificios. 4. Utilizar la tecnología de la comunicación de Internet para poner en contacto las minicentrales eléctricas con los consumidores. 5. Implantar un parque de vehículos de motor eléctrico con alimentación de red o pilas de combustible, impulsados por energías renovables. Una economía anclada en estos principios, concluye, acabaría con el predominio de las grandes empresas que organizan la actividad económica de forma jerárquica desde arriba. Para implantar esta revolución es necesario la más estrecha colaboración entre el Estado y las empresas, pero al final quien debería llevar las riendas es el primero, según se desprende de las palabras de Rifkin. El problema de este ensayo no radica en que su autor demande una economía fundamentada en unas fuentes de energía sostenibles, ¡que bienvenidas sean!, sino en que rezuma por todas las esquinas un tufillo a proyecto de visionario. Se refiere constantemente a una causa única de todos los males (los límites de un sistema basado en combustibles fósiles) y un remedio único (adoptar los principios apuntados de la Tercera Revolución Industrial, el producto que nos quiere vender). También denuncia que los economistas, los ejecutivos y los políticos no saben cuáles son las "verdaderas" causas de la crisis que padecemos en la actualidad y, por este motivo, van dando palos de ciego. Salpica su exposición con unas gotas de síndrome de Casandra: él tiene una visión pero en su país no le hacen caso debido a que los estadounidenses tienen "una relación casi religiosa con la empresa privada". Por eso acude a Europa y elogia al Gobierno y al Parlamento de la Unión Europea por llevar a cabo sus propuestas.
Todo su discurso se articula en torno a la "democratización" de la energía y la descentralización derivada de Internet (el poder lateral); sin embargo, para cumplir estos objetivos acude y se reúne con los políticos y los ejecutivos de las grandes empresas. No se detiene en el estudio del marco institucional que permitiría aflorar estas pequeñas empresas, pero sí narra los tejemanejes políticos para obtener subvenciones. No queda clara la viabilidad financiera de su propuesta a pesar de que en el capítulo tercero expone algunos proyectos que él y su equipo han llevado a cabo en San Antonio (Tejas), Roma, Utrecht o en el principado de Mónaco. Muestra su desacuerdo con el análisis realizado por Adam Smith (al que quiere "jubilar" en el capítulo séptimo), que describió el funcionamiento del sistema descentralizado del mercado y, sobre todo, denunció las distorsiones debidas a las malas mañas de algunos empresarios (subvencionados) y políticos para obtener rentas a costa de los consumidores y de aquellos productores más emprendedores. Es decir, el economista y filósofo escocés puso los cimientos para explicar cómo las variaciones de los precios suministran una información que permite señalar dónde están los problemas y estimular a los empresarios a solucionarlos a cambio, eso sí, de obtener un beneficio. Rifkin prefiere primar "la necesidad de sociabilidad" y "el ansia de comunidad" de los humanos más que sus intereses crematísticos, aunque parece desconocer las reflexiones de Smith sobre el altruismo de los seres humanos. Uno de los instrumentos más poderosos que tenemos para salir de la crisis y de los problemas energéticos son las ideas; como aquellas que surgieron modestamente en el garaje de un rincón apartado de California (Apple). Estas ideas son más prometedoras que las que se conciben en las cabezas de algunos gurús que predican desde el otro lado del Atlántico, como Michael Moore, Al Gore o Jeremy Rifkin. Este incluso quiere dar lecciones a los emprendedores para concienciarles de su visión, emprendedores que por cierto no se mueven por los despachos de los políticos y grandes empresarios con los que Rifkin se codea continuamente y trata de tú a tú. Las ideas de un Steve Job que emprenda la tarea de ofrecernos una fuente de energía renovable a precios asequibles y fácilmente acumulable son las que necesitaríamos para resolver el problema energético actual.
Hay autores que cuando dan con una distinción conceptual afortunada ya no la sueltan. Éste es el caso de Joseph Nye, que viene desarrollando desde 1989 las consecuencias derivadas de distinguir entre poder duro y poder blando. Como es conocido, el primero se basa más en las facultades para usar de la amenaza -el "palo"- y la recompensa -la "zanahoria"-; el segundo, en la capacidad de atracción de quien lo ejerce. Nuestro autor lo ha utilizado profusamente, y con mucho éxito, en el ámbito de las relaciones internacionales. Ahora trata de aplicarlo también al liderazgo. Desde luego, no como el criterio fundamental ni único a partir del cual explicar por qué algunos líderes triunfan y otros fracasan en el ejercicio de sus funciones. Nye es bien consciente de que las cualidades del líder son un intangible que no se abre a una explicación sencilla, y de que estamos ante uno de esos conceptos disputados que sólo cobran inteligibilidad a partir de una extensa consideración de supuestos prácticos. Puede que sea aquí, en la importancia asignada a los elementos contextuales, donde se encuentre lo mejor del libro. También en iluminar la dependencia mutua entre los líderes y sus seguidores y la forma en la que esta interacción nos ilustra sobre su eficacia relativa. El libro se adentra así, bien asentado sobre las espaldas de autores clásicos que van de Laozi y Maquiavelo hasta la profusa literatura actual sobre liderazgo político y empresarial, en este objeto esquivo donde los haya. Su intención es atraparlo en categorías que den cuenta de sus muchos "estilos", crear un poco de orden conceptual y analítico. Y el viaje merece la pena, porque al final todas las clásicas explicaciones en términos de carisma y de supuestos rasgos personales del líder dan paso a otras menos épicas pero más sutiles y eficaces. La clave estaría en una adecuada aplicación de lo que el autor llama "inteligencia contextual", la capacidad del líder para detectar cuándo es necesario hacer un uso correcto de sus habilidades de poder duro o blando, o de hacer prevalecer un estilo "transformacional", donde predominan la visión, la comunicación y lo emocional, u otro más "transaccional", más apoyado sobre la habilidad organizativa y la perspicacia política. Cuál de estas habilidades se haga preponderar dependerá, pues, al modo maquiaveliano, de los rasgos específicos de la realidad que trata de disciplinar y/o transformar; de cuestiones tales como la cultura en la que se inserta, las necesidades y demandas de sus seguidores, la específica distribución del poder, la información disponible o la situación de crisis o urgencia en la que se encuentre. Un buen líder, por tanto, debe ser versátil, de amplias aptitudes y gran capacidad para leer las diferentes coyunturas en las que se requiere su intervención; debe poseer lo que Nye califica como "poder inteligente" (smart). Si los tiempos de Maquiavelo hacían necesario que el príncipe supiera encontrar un buen ajuste entre la fuerza del león y la astucia del zorro, ahora parece requerirse la capacidad de adaptación del camaleón. Quizá porque no es el momento más brillante para el ejercicio de la acción política en un sentido enfático. Son tiempos sistémicos, de grandes mudanzas, de fuerzas y poderes encontrados y superpuestos en los que sólo se consigue sobrevivir y ser eficaz con un gran sentido para la adaptación a los siempre mutantes caprichos de los seguidores, de los medios de comunicación y de las circunstancias sociales. Un entorno, en definitiva, donde tendrá más posibilidades de triunfar cuanto antes abandone las actitudes masculinas del ordeno y mando y se abrace una dimensión más "femenina" en la gestión de su poder. O, lo que es lo mismo, gran capacidad organizativa, inteligencia emocional y atención a los detalles.


LULA APUESTA POR PEMEX. En medio de la refriega y la polémica por la participación de PEMEX en la petrolera española Repsol, surgió una voz que añade una perspectiva geopolítica al debate: el expresidente brasileño Lula da Silva, quien apostó por la asociación estratégica de PETROBRAS y PEMEX para explotar los yacimientos de Sudamérica y compartir tecnología. Según Lula, México tiene que mirar también un poco hacia el sur, porque es competitivo, con más de 100 millones de habitantes y que al compararse con el tamaño de otras naciones como Venezuela, Colombia, Perú, Argentina o Brasil, salta a la vista que puede crear nichos de oportunidad para crecer más, aumentar sus exportaciones, buscar nuevos socios comerciales y construir nuevas alianzas.
El ejemplo de la compañía petrolera brasileña nos muestra una expansión tanto de la marca (su presencia global está fuera de toda discusión), como de la tecnología. Brasil propuso recientemente la creación del Anillo Energético Sudamericano, en el marco de la UNASUR, y tiene a su cargo los principales yacimientos de gas en Bolivia, las centrales hidroeléctricas de Yaciretá e Itaipu, ambas en el Paraguay y los pozos de perforación en aguas profundas del Atlántico, que han sido puestos como modelo para PEMEX cada que se habla de la exploración en aguas profundas. Además, tiene firmados convenios de colaboración con las GASPROM y RUSOIL, empresas de la Federación Rusa con quienes interviene en el abasto de energía a Cuba.
La propuesta de asociación es, sin duda, interesante y actores políticos, ya han dejado claro su punto de vista, la petrolera necesita de la iniciativa privada.
Como siempre que se habla de energía y petróleo en México, las preguntas que habría que responder son; ¿qué futuro queremos para PEMEX?, ¿necesita PEMEX acuerdos de cooperación?, ¿queremos los mexicanos que nuestra petrolera se convierta en una multinacional, con sus costos y sus beneficios?
Es triste, que los actores políticos de este país, tal cual dijo Lula, no tengan ni idea de la importancia que esta propuesta tendría para México, para PEMEX y para América Latina.
TENENCIA TINTE ELECTORAL. Uno de los puntos de conflicto en la negociación del paquete fiscal 2012, ha sido la desaparición de la tenencia federal a partir de enero próximo.
Esto reduce los ingresos de los gobiernos estatales y los obliga a tomar una serie de decisiones que les permita compensar: crear nuevos impuestos locales o incrementar los ya existentes (como el derecho vehicular que acompañaba a la tenencia federal).
Lo que es un común denominador entre prácticamente todos los gobiernos locales es que, en pleno proceso electoral, ninguno está dispuesto a autorizar nuevos impuestos e incurrir en los costos políticos de hacerlo. En contraste, buscarán fuentes alternativas de financiamiento provenientes de la federación, como el impuesto especial a la gasolina de más de 30 centavos por litro, que al igual que la tenencia, es 100% participable y cuya vigencia se pretende ampliar al menos hasta el 2014. Un segundo punto que complica la negociación del paquete fiscal es que a la par se está negociando el nombramiento de los tres consejeros faltantes del Instituto Federal Electoral. Esta situación, en vez de abonar a los acuerdos necesarios para destrabar la discusión financiera, la complica aún más, contamina lo mínimo logrado y detiene cualquier posibilidad de acuerdo político que beneficie al país.


El verdugo en jefe del KGB, mano derecha de Laurenti Beria, se llamaba Vasili Blojin. Le correspondió en marzo de 1940 organizar y dirigir personalmente el asesinato, ordenado por el Politburó del PCUS dirigido por Stalin, de varios miles de oficiales polacos prisioneros del Ejército soviético en Katyn, Kalinin y Starobelsk. Los asesinatos se hicieron uno por uno y la tarea se prolongó, en las horas nocturnas, durante un mes. Se conducía al prisionero a una cabaña con una habitación insonorizada. El mismo Blojin, previsoramente pertrechado con un delantal de carnicero y guantes hasta los codos, se encargó de pegar el tiro en la nuca a seis mil prisioneros, a razón de uno cada tres minutos, lo que le ha valido pasar a la historia como uno de los asesinos en serie más importante de la historia. Fue felicitado y condecorado por servicios especiales a la patria. Pero más tarde, cuando Jruschov desveló los crímenes de Stalin y se le retiraron las medallas, cayó en el alcoholismo y la demencia, y se suicidó en 1955.
Estos datos que el chófer de Blojin, ya anciano y ciego, contó ante una cámara a finales de los años ochenta, estos detalles dantescos, el delantal de cuero y los guantes de Blojin, no tienen sólo el atractivo magnético de lo monstruoso; son históricamente significantes, como nos recuerda David Remnick, el autor de esta copiosa y fascinante crónica periodística del colapso del imperio soviético; después de que Moscú reconociese la autoría de la matanza de Katyn, ya no era concebible, si alguien lo hubiera intentado, frenar el proceso democrático de Polonia. Y algo parecido pasaba en otras partes del imperio: en Asia central, cuando se revela que las repúblicas han sido reducidas a un monocultivo de algodón para vestir a toda la URSS, llevándose por delante el mar de Aral; en las repúblicas bálticas, al salir a la luz los protocolos secretos del pacto Molotov-Ribbentrop que las entregaba a Moscú; en Ucrania, la catástrofe de Chernóbil y la torpe y engañosa gestión de las autoridades en los días siguientes. Y por toda la extensión de la URSS, a rebufo de la glásnost y la perestroika, las continuas, sistemáticas, insoportables revelaciones del pasado siniestro, que desmoralizaban y dejaban atónitos a los seguidores del antiguo régimen y a los partidarios de una reforma más o menos epidérmica, e indignaban y galvanizaban a quienes querían que aquel desapareciese sin dejar rastro.
Remnick llegó a Moscú, como corresponsal de The Washington Post, en enero de 1998, y su primer objetivo fue intentar entrevistar a Kagánevich, el único miembro del Politburó que ordenó la matanza de Katyn que aún permanecía vivo; el relato de las numerosas y vanas llamadas al timbre de su puerta da una sugestiva nota atmosférica, una más entre tantas -personas encontradas, lugares significativos visitados, conversaciones sostenidas, viajes efectuados a los lugares más remotos del imperio- que contribuyen a dar a su crónica el tono febril de historia vivida, de testimonio personal característico de los grandes relatos periodísticos. Remnick permaneció en Moscú hasta finales de 1991. Esta crónica de aquellos cuatro años, con frecuentes excursos hacia el pasado, que le valió el Premio Pulitzer en 1994, se divide en cinco partes: la primera es un recuento de los primeros pasos de la perestroika desde que Gorbachov, a la muerte de Chernenko, es nombrado secretario general a propuesta nada menos que de Andréi Gromyko, y los primeros efectos del proyecto, desbordado por los acontecimientos, de renovar y adecentar el proyecto socialista; la segunda, 'Puntos de vista democráticos', describe el periodo, hasta finales de 1991, con los movimientos y reacciones reflejas de Gorbachov ante los desafíos cotidianos, la irrupción en la actividad política de nuevos agentes y fuerzas nacionalistas y anticomunistas, y una magnífica variedad de fenómenos interesantes, curiosos y a veces grotescos, desde el simbólico regreso de Sájarov a Moscú hasta la floración de curanderos e hipnotizadores estrambóticos en la televisión, o las campañas de los desprestigiados órganos del Estado para presentarse ante una luz más favorable; incluida, por ejemplo, la elección de "señorita KGB": la bella agente Katia Mayorova, que aparecía en la portada del Komsomolskaya Pravda colocándose el chaleco antibalas "con gesto seductor", según el artículo que decía, "con una suavidad exquisita, como si luciera un modelo de Pierre Cardin".
La tercera parte, 'Días de revolución', cuenta la toma del poder por procapitalistas radicales en la región de Moscú y la victoria del movimiento nacional en Lituania; la cuarta, 'Primero como tragedia, luego como farsa', cuenta al detalle el fracasado golpe de Estado fallido de agosto de 1991. Y en la quinta parte, los primeros pasos del catastrófico Gobierno de Borís Yeltsin, la ilegalización del partido comunista, el hundimiento de la economía, la diáspora de docenas de millones de rusos, la entrega de las riquezas del país a las mafias y a los oligarcas... Lástima que Remnick regresase de Moscú antes de 1993, y así nos haya dejado sin el relato del bombardeo del Parlamento por el Ejército, que es el episodio más traumático de la reciente historia rusa y que ilumina, cegadoramente, la era de Putin.

Los peligros de una excesiva dependencia del endeudamiento han quedado al descubierto con la crisis financiera, los temores de que Grecia caiga en cese de pagos son cada vez más grandes y los mercados responden al nerviosismo que lo rodea. Según información del FMI, la deuda Griega era, hasta junio de este año, de 327 mil millones de euros, equivalente al 150% de su PIB, y las cifras al cierre del segundo trimestre se recrudecen aún más, el PIB se contrajo a un ritmo anual de 7.3% y el desempleo se sostuvo en 16%, evidenciando una profunda recesión.
El país está reduciendo el gasto público, elevando los impuestos y reduciendo los salarios; sin embargo, se ha rehuido al endurecimiento de estas medidas, por el elevado costo político que implican, porque son restrictivas y contribuyen a incrementar la recesión en la que vive ese país, lo que significa mantener un círculo vicioso que agudiza aún más el problema fiscal del déficit y de su deuda.
Parece no haber un mecanismo efectivo de aislamiento y contención del problema griego, por parte de la Unión Europea, que ayude a un ajuste más equilibrado entre gasto y precios. Grecia necesita abrir la posibilidad de una devaluación cambiaria abandonando la unión monetaria y restableciendo su antigua moneda: el dracma. Esto daría promoción a sus exportaciones y permitiría restablecer el crecimiento económico.
Los mercados financieros han aumentando la probabilidad de insolvencia del gobierno Griego (por arriba del 90%) y la necesidad de reestructurar su deuda; por lo pronto, el financiamiento para Grecia esta encareciéndose.
La gravedad del asunto es que el problema no se limita a las fronteras griegas, sino que tiene efectos importantes en el resto de Europa y del mundo. Los diferenciales de las deudas soberanas de países como Irlanda, Portugal, España e Italia (la tercera economía más grande de Europa) también han venido aumentando.
Ante el difícil panorama, entre las opciones que se han barajado para paliar actual crisis en Europa, está la participación de los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) en un rescate a la eurozona, esta posibilidad contempla que las economías que hasta hace algún tiempo eran consideradas por los organismos internacionales y países industrializados, como los problemáticos e indisciplinados del planeta, han mantenido un equilibrio en las finanzas públicas y poseen fortaleza en el mercado interno, lo que les provee de liquidez financiera.
Existe un cambio en la riqueza mundial, la crisis financiera global ha acelerado el traspaso del poder económico de las economías desarrolladas a las economías en desarrollo; según estimados del Banco Mundial los países emergentes promediarán un crecimiento anual de 4.7% entre 2011 y 2025, mientras que las economías desarrolladas lo harán a un ritmo de sólo 2.3%; en un estudio hecho por Consultores Internacionales, S.C., estima que en el corto plazo, el PIB de China seguirá creciendo alrededor de 9%, y el de India alcanzará una tasa de crecimiento de aproximadamente 7.5%. Europa y Estados unidos son grandes consumidores de productos que se elaboran en los países emergentes, los recursos financieros de países como el bloque de los BRIC pueden ser invertidos en Europa para ayudar a que sus clientes no se hundan. Pueden evitar que la eurozona se paralice, lo que a su vez impediría que sus propias economías se estanquen.Por lo general, el ser imaginado por nuestro deseo y el ser de carne y hueso mayormente coinciden. A veces, sin embargo, no, y el deseo inventa para satisfacerse personajes y argumentos irreales que desbordan de la pasión y se contaminan de pesadilla. Como punto de partida, basta un detalle, la boca, por ejemplo, "la boca en tensión, una boca que enseguida va a ser besada, que se relajará y se inflamará ardiente, porque unos labios se posarán sobre esos labios, al principio sólo rozándolos, apenas tocándolos, aunque después la lengua esbozará su contorno todo alrededor mientras estos se esforzarán en no sonreír porque enseguida se oirá un gemido" que se convertirá, para el protagonista de Delirio, en un eco oído en el tiempo, ese tiempo que "es como la celda circular de una cárcel". Para el amante, los límites de lo que deseamos y de lo que tememos coinciden, porque la agonía amorosa supone la imaginación del infortunio (del desamor, la indiferencia, la infidelidad) sin requerir más pruebas que un quizás. "El amor es fuerte como la muerte, implacables como el infierno los celos", explica el autor del Cantar de los cantares, citado por David Grossman en el epílogo a su novela.
Grossman es uno de los más grandes novelistas de nuestra época, capaz de convertir en universal historias mínimas y de dar vigencia local a grandes temas ancestrales. La que es quizás la más famosa de sus novelas, Véase: amor (1992) podría servir de título a casi toda su obra, porque, según Grossman, es sólo a través de la concepción amorosa, a través de un esfuerzo de apasionada creación imaginativa, que podemos saber quiénes somos, dando cuerpo y alma a quienes nos rodean, a quienes amamos y odiamos, identificándolos, interpelándolos, armándolos a partir de piezas sueltas, dando vida a una realidad cierta o falsa.
El tema de Delirio son los celos, es decir, el infierno, es decir, la construcción del sufrimiento, es decir, la creación literaria. Cuando Shaul, el marido apasionado, se interroga sobre las acciones de su mujer, Elisheva, que dice ausentarse todas las tardes para (según dice ella) ir a nadar, e imagina que el pelo mojado con el que regresa, y las palabras cariñosas no son sino mentiras para ocultar su traición con otro hombre, Shaul usurpa la prerrogativa del autor, la de inventar historias que resulten más verdaderas que la verdad. Para esos encuentros imaginados (y que para él son ya fehacientes), Shaul crea detalles escabrosos y ardientes, sutilezas psicológicas, itinerarios audaces y posibles. Preso en su propio relato, Shaul comprueba, como todo autor de ficción talentoso, que la realidad le ofrece pruebas para su delirio: aparentes coincidencias, presagios, indiscreciones. El "quizás" inicial se desvanece: los temores y dudas se convierten en certezas. El infierno es ahora real.
La ciencia define un fenómeno de contagio psíquico que llama folie à deux: la locura de Shaul alcanza y encierra a su cuñada, la abúlica Esti, mujer de su hermano Mija, quien acepta conducirlo a desenmascarar a los supuestos infieles. "Cuéntamelo todo, Shaul", le dice, y desde el asiento trasero del automóvil que ella conduce, Shaul, sufriendo de una pierna misteriosamente maltrecha, elabora para su cuñada una suerte de crónica de la infidelidad supuesta, que Esti va alimentando con sus preguntas como una niña ávida de conocer los nuevos episodios de un cuento de hadas, de llegar al final que, esta vez, no debe ser feliz. Ese final nunca llega: la historia se interrumpe antes de que Shaul y Esti encuentren a los anunciados adúlteros. Como en la ficción literaria, en la ficción amorosa la resolución no importa. Existe mientras se está creando, para luego recrearse infinitamente en el recuerdo.