viernes, 9 de septiembre de 2011

Columna Quimera: Y llegó el miedo

Primero fue la balacera alrededor del estadio de Torreón, luego la quema de un casino que ocasionó 52 muertos y la noticia ya ha dado la vuelta en todo el mundo. No es que los enfrentamientos entre grupos criminales y autoridades sean una novedad en México, la noticia es que ambos eventos fueron presenciados por miles de familias mexicanas en tiempo real y todos los medios (incluyendo aquellos con estricto contenido deportivo), transmitieron imágenes de pánico, donde quedó evidenciada la impotencia al no saber exactamente qué ocurría. Como decía el mayordomo Alfred en El caballero oscuro: el miedo, señor Wayne, es no saber qué pasa, es caer en manos de personas que sólo quieren mirar cómo se quema el mundo, porque con ellos no se puede negociar.

Una vez que la agitación terminó, las autoridades, sin tiempo para articular una explicación sobre lo ocurrido, sólo lograron coincidir en que el objetivo de los criminales no era atacar a la población, sino a un elemento de la policía y a un empresario con el que tenían cuentas pendientes.

Sin importar cuál fue la intención inicial, los actos en si podrían tener un alcance que va más allá del que han tenido los habituales enfrentamientos: generalizar la sensación de intranquilidad, usando para ello, el deporte, estos hechos demuestran la poca colaboración entre las autoridades federal y local: la pelota de la responsabilidad iba y venía en el discurso de las autoridades.

La disputa evidenció nuevamente un sistema de procuración de justicia desorganizado, sin capacidad de reacción y poco efectivo para controlar la sensación de pánico que se sembró al mismo tiempo en todo el país.
De nuevo, la flaqueza institucional no es la noticia, la novedad está en la gran publicidad y exposición mediática del evento.

El discurso oficial ha sido, desde el inicio de la guerra contra el crimen organizado, que la violencia sucede entre grupos criminales, que se encuentra contenida en ciertas zonas y, más importante aún, que si la población se mantiene fuera de esos espacios y dinámica, el riesgo de que tenga algún incidente (daño colateral) es remoto. Estos dos hechos descartan esa hipótesis y proponen una nueva: la violencia es aleatoria y la posibilidad de recuperar la tranquilidad en el país parece cada vez más remota.

El riesgo para los mexicanos se encuentra en el cambio de voluntad y que se vuelva una prioridad acabar con la inseguridad, aumentando la disposición a aceptar acciones de mano dura y “soluciones inmediatas” que, desde luego, no pasan por mejorar las capacidades de investigación o la cooperación institucional. Por lo pronto, es necesario el trabajar en protocolos de seguridad y reconocer que no se trata de hechos aislados, que parte de la estrategia de seguridad debe contemplar el combate al miedo y la modificación de conductas sociales, políticas y jurídicas.

Si bien el discurso parece ya no ser suficiente para algunas ciudades como Torreón, Veracruz o Monterrey, donde inclusive las escuelas realizan simulacros para enfrentar atentados, el miedo podría traer ventajas para quienes buscan legitimar la estrategia contra el crimen organizado, justificar la actuación del Ejército e, incluso, prescindir de algunos derechos civiles, si con ello, se logra restablecer la paz. Caminamos, en arenas sumamente movedizas y todo por que el miedo llegó.
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